lunes, 12 de octubre de 2015

El arte de tirarle piedras a la luna


¿Quién no ha perseguido imposibles alguna vez? Todos tenemos dentro de nuestros armarios historias de momentos en los que creímos que seríamos capaces de conseguir algo que, con el tiempo, nos dimos cuenta que estaba fuera de nuestro alcance. 

Algunas de estas historias nos hacen aprender. Otras nos hacen sufrir de tal manera que nos cerramos a volver a intentarlo si se presenta la ocasión. Solemos pensar el fatídico ¿para qué?, y dejamos que un fracaso condicione el resto de nuestras decisiones futuras, al menos las que tienen que ver con ellas. 

Ese es nuestro mayor error. Los imposibles lo son hasta que dejan de serlo. Muchas veces uno no sabe que está ante uno hasta que se ha dado de bruces contra él. Es por ello que muchos de los potenciales imposibles dejan de serlo cuando los conseguimos, pero no somos conscientes de ello y así no lo valoramos como debería, algo que nos serviría para mejorar nuestra autoestima y que nos animaría hacia el siguiente. 

Con esto no estoy queriendo decir que debemos perseguir siempre aquello que queremos conseguir. Debemos ser conscientes y valorar lo que podemos ganar, pero también lo que podemos perder. Si la balanza es positiva, entonces sí que se debe dar el paso. 

Quizás el sentimiento de fracaso sea uno de los más fuertes que el ser humano puede sufrir. Pero creo que hay otro peor: el arrepentimiento. Porque no es lo mismo intentar algo y fracasar que dejarlo pasar, aunque sabes que podría ser tu oportunidad. Porque de esta manera, con el tiempo, empiezas a sentir que debiste haberlo intentado. Pero resulta que ese tren ya pasó para ti...


No hay caminos fáciles. Ni tampoco se pueden coger atajos,  a no ser que quieras acabar despeñándote por un acantilado.  Lo que sí debería haber es menos miedo a tirarle piedras a la luna. Porque ¿y si la tuya alcanza su objetivo

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