martes, 15 de diciembre de 2015

¿Es Navidad?


Eran las seis de la tarde del 24 de diciembre y Mario estaba en casa, solo, como de costumbre en los últimos tiempos. No se explicaba cómo había llegado a esa situación, pero lo cierto es que sería la primera navidad que pasaba en soledad. 

Se intentaba convencer de que no pasaba nada, que era una noche más sin importancia. Pero no lo conseguía demasiado. Para él esta época siempre había sido muy especial. De niño, con sus padres y hermanos, era un tiempo de alegría y nerviosismo, de disfrutar todos juntos durante unos días de la compañía de personas que, por una u otra circunstancia, no estaban a nuestro lado el resto del año.


Después con su mujer y sus dos hijos todo siguió de la misma forma, incluso mejor. Le encantaba buscar regalos para sus pequeños, además de para su esposa. No tenían demasiado dinero, pero cuando uno quiere a una persona y la conoce realmente sabe que lo importante es el detalleSuele decirse que hay cosas que el dinero no puede comprar, y él sabía perfectamente cuan real era. Ahora más que nunca. 

Pero la felicidad no dura eternamente, y a su familia la desgracia le llegó cuando menos lo esperaba, como suele suceder. Hace un año su esposa enfermó de cáncer y la enfermedad destrozó a la familia, en vez de unirla. Lo que antes había sido un perfecto engranaje ahora era un conjunto de piezas sin unión ni nada que las hiciera funcionar como antes lo hacían. 

Él no fue capaz de entender que sus hijos estaban perdiendo a una madre y ellos no supieron ver que su padre necesitaba el apoyo que ella siempre había sido para todos. Cuando llegó la hora poco quedaba ya de su relación. Él lo intentó, pero sus hijos, cegados por la pérdida, tampoco supieron estar a la altura. El daño ya estaba hecho.

No habían hablado desde ese momento, hacía ya diez meses. El orgullo tiene la curiosa capacidad de no dejarte ver la realidad como hasta ese momento se mostraba. Te construye un muro a tu alrededor que impide que seas capaz de ver lo que hasta ese momento eran verdades inamovibles, de esas que piensas que jamás cambiarían. Pero no es así. 

Sentado en la mesa de la cocina se descubrió pensando en que era la primera vez que no había salido a comprar nada para sus dos hijos. Este simple pensamiento hizo que las lágrimas brotaran de sus cansados ojos. ¿Tenía sentido esa situación? ¿Había hecho lo suficiente? ¿Había necesitado que llegara la Navidad, ese invento de los comercios para sacarnos hasta el último cuarto en nombre del buenismo, para darse cuenta de que había sido un idiota? 

Cogió el teléfono móvil y marcó el número de su hijo mayor. Tras seis tonos no hubo respuesta. Pero no desesperó y marcó el de su hija pequeña. Al tercer tono una voz algo más contenida de lo normal contestó con un “dime” que daba poco margen a su interlocutor. 

Se quedó paralizado, no sabía bien qué decir. Pero necesitaba decirle algo y estaba dispuesto a hacerlo, no porque fuera a pasar la navidad solo, sino porque no quería que pasara un minuto más sin que supieran que lo sentía. Y así se lo hizo saber… 

No hay milagros navideños, ni épocas en las que uno esté más dispuesto a perdonar y olvidar que otras. Hay momentos en los que te das cuenta que el orgullo no puede interponerse cuando quieres a alguien, sea lo que sea que pasó entre vosotros. 

Cuando colgó el teléfono estaba temblando, pero feliz. Había sido capaz de hablar con su hija. Esta le había invitado a cenar a su casa, donde también vería a su hijo mayor y a sus nietos. La verdadera navidad había llegado al fin…

6 comentarios:

  1. Ojalá todos los días fueran así y no tuviéramos que esperar a la Navidad. En cierto modo el protagonista me ha recordado a mí.

    Saludos!

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    1. Gracias Dani por comentar.
      Sí, tienes razón. Ojalá todos los días fueran así y no tuviéramos que esperar a estas fechas. Pero suele ser cuando mas se echa en falta, mas que nada porque es cuando todos suelen reunirse. Aunque no debería. Un saludo.

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  2. Una historia triste pero muy conmovedora
    Muy bien Álvaro. Un bs

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    1. Gracias Carmen. Nos alegra que te haya gustado. Como bien nos enseño Del Revés, la tristeza forma parte de la vida. Sin ella tampoco hay alegría. Un saludo...

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