miércoles, 10 de febrero de 2016

El Mensaje



Marta le había dicho que tenían que hablar. Fue hace dos horas a través de un mensaje de texto, pero llevaba sin parar de pensar en ello desde que lo leyó. ¿Qué quería? ¿De qué tenían que hablar? En su cabeza las dudas y las preguntas estaban formando un torbellino que lo estaba dejando totalmente loco. No podía pensar con claridad.

Habían quedado en la cafetería de siempre, esa que está frente a la estación de trenes y que tiene un capuchino de muerte. Fue lo único que consiguió teclear en la pantalla de su móvil. Porque todo lo demás que escribió (¿De qué? ¿Pasa algo? ¿He hecho algo mal?…), lo borró sin mandarlo. Le daba miedo la respuesta, aunque estaba seguro de que no había hecho nada mal. Pero ¿lo estaba?


Quedaba poco más de una hora y ya no estaba seguro de nada. Empezó a pensar en la última conversación que habían tenido antes de que le dijera las tres palabras del demonio. Su mente recorría cada una de ellas e intentaba buscar algo que le podría haber molestado. ¿Habría sido la broma que le hizo sobre su mal gusto musical? Creía que no, pues si no se la había hecho mil veces no se la había hecho ninguna. ¿Sería cuando le dijo que estaba cansado de ir los domingos a casa de su madre? Podía ser, pero estaba bastante seguro de que ella odiaba ese día tanto o más que él.

Pero, entonces ¿qué podía ser?

Quedaba media hora justa y entonces se le cruzó por la mente una idea que le congeló el alma: había otra persona. Tenía que ser eso. No había otra explicación posible, aun cuando en los tres años de relación que llevaban, salvo las riñas típicas entre parejas, todo había ido sobre ruedas.

Salió de casa y comenzó a andar hacia la cafetería, que estaba a poco más de cinco minutos de donde él vivía. Arrastraba los pies. No quería llegar. Temía enfrentarse a ella y que le dijera algo que no quería oír. No podía perderla. ¿Qué iba a hacer sin ella? La amaba tanto que no creía posible seguir sin ella a su lado…

Llegó a la cafetería a la hora acordada y allí estaba Marta. Cuando lo vio le saludó efusivamente y con una gran sonrisa, algo que le descolocó. Corrió hacia donde estaba él, parado como el que espera ante el pelotón de fusilamiento y le abrazó, dándole un beso de esos que te dejan sin respiración. Al terminar le dijo: - ¡Me han dado el trabajo!-

Se sentó en la primera silla que tuvo cerca y comenzó a reír a carcajadas. La tensión le había abandonado de golpe. Había estado sufriendo por algo que solo sucedía en su mente. Todas sus inseguridades se habían aliado en su contra sin dejarle ver claramente la situación. 

Mientras charlaba con ella y le daba la enhorabuena,  además de una explicación sobre su repentino ataque de risa, se prometió que no volvería a caer en la misma situación, aunque sabía que, a las primeras de cambio, volvería a hacerlo. Porque hay cosas que nunca cambiarán…

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho Álvaro, y tienes razón, a veces sacamos conclusiones erróneas de algo que al final ha sido un mensaje positivo.un saludo.

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    1. Gracias Carmen. Me alegro de que te guste. Un saludo!!

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